"¿Volverán las humanidades?” fue el tema de inauguración de año académico de Facultad de Humanidades y Educación
El politólogo Luis R. Oro fue el encargado de la conferencia con que la unidad académica dio inicio oficial a sus actividades 2026.
Con un llamado a reflexionar sobre la tensión entre racionalismo e irracionalidad y el rol fundamental de las humanidades como puente para comprender y armonizar ambas dimensiones, fue inaugurado el año académico 2026 de la Facultad de Humanidades y Educación.
En la oportunidad, el politólogo Luis R. Oro Tapia, doctor en Filosofía y académico de la Universidad Central, la Pontificia Universidad Católica de Chile y la Universidad Alberto Hurtado, dictó la conferencia “¿Volverán las humanidades?”.
La actividad tuvo lugar el lunes 13 de abril en dependencias de la biblioteca de la Facultad, y contó con la presencia del decano de Humanidades y Educación, Pablo Aravena, junto a directivos, docentes y estudiantes de las cuatro carreras que la integran: Pedagogía en Historia y Ciencias Sociales, Pedagogía en Filosofía, Pedagogía en Lengua y Literatura y Pedagogía en Música.
Según se señaló en la ocasión, el tema fue escogido dado el contexto actual marcado por la tecnocracia y los excesos de la razón instrumental, a fin de abrir un espacio para repensar el humanismo como una fuerza capaz de cultivar el “buen vivir” y preservar el equilibrio de la vida humana.
Pronóstico incierto
Al explicar el tema de su conferencia, el doctor Oro se refirió a la existencia misma de las humanidades, expresando: “Yo tengo la duda si van a seguir existiendo o no. (…) Creo que el pronóstico de las humanidades es incierto, por dos motivos. Creo que desde el punto de vista de las instituciones, institucional, no es un buen panorama, puesto que para que las humanidades puedan tener una vida auténtica, genuina, implica respetarles el ritmo que ellas tienen. Y el ritmo de las instituciones es un ritmo burocrático, que no nos deja mucho espacio para que nos tomemos un tiempo para reflexionar. Cada grupo humano y cada persona tiene una manera de hacerlo y un tiempo para hacerlo, y ese tiempo no necesariamente coincide con el tiempo que imponen las instituciones. No se ajustan esos tiempos de reflexión a una carta Gandhi, por así decirlo, ni a las exigencias de un syllabus, ni las humanidades se pueden reducir a esquemas. Las humanidades tienen algo que nos interpela a todos nosotros, y todos nosotros vamos respondiendo de manera diferente a esas interpelaciones, a esas preguntas, que siempre son personales. Yo creo que tratar de estandarizar respuestas sería precisamente cortarle las alas a las humanidades”.
Por otra parte, dijo, “creo que el futuro de las humanidades también puede ser auspicioso, pero al margen de las instituciones. Todas las personas tienen preguntas que de repente las atenazan, como por ejemplo el sentido de la existencia, pero esas preguntas se pueden responder tal vez en instancias diferentes a las instituciones, que son muy rígidas desde el punto de vista burocrático. Eso a lo mejor puede ocurrir en grupos de lectura, en grupos de reflexión, que funcionan de manera espontánea, (…) de manera libre. Las humanidades suponen un margen bastante holgado de libertad. Por el contrario, las instituciones tienden a formatearnos demasiado, a predeterminarnos, a empaquetarnos en formatos de razonamiento y en formatos temporales, y las humanidades no encajan bien en esa estructura. Si alguna vez funcionaron bien en las instituciones, es porque las instituciones aún no asumían el modelo de gestión empresarial más que el del conocimiento, del saber”.
Nudo irreductible
Entonces, si no funcionan las humanidades en instituciones como las universidades, ¿cómo se van a desarrollar en las sociedades? A esta consulta, respondió Luis Oro: “Yo creo que es un nudo irreductible, por el momento. Por el momento eso es un nudo que no se va a poder desatar. Y para que se pueda desatar implicaría que las instituciones que tienen una supervigilancia sobre el modo en que se trabaja en las instituciones de educación superior deben cambiar los parámetros con los cuales las evalúan. Se supone flexibilizar mucho los programas, los syllabus”.
Lo explicó con un ejemplo: “Qué ocurre si hay un profesor de literatura que tiene el problema de que sus alumnos no se entusiasman con nada, pero en un momento se entusiasman demasiado con un poeta, un novelista, un cuentista, cualquier autor. Y el profesor es la oportunidad que tiene, porque si sus alumnos lograron enganchar es porque algo les hizo resonancia, les tocó una fibra humana, algo les hizo sentido. Y el docente estaría presionado a decirle a sus alumnos que lamenta mucho no poder seguir profundizando en eso que a ellos les interesa porque él tiene que cumplir con un programa, con un syllabus. Entonces, literalmente se abortó, la palabra es muy fuerte. Se le cortaron las alas a la única posibilidad que tuvo ese docente de llevar a cabo una conversación profunda con sus estudiantes, una conversación en que los estudiantes aprenden unos de otros, se escuchan unos a otros y en el que el docente también aprende. Porque no son respuestas cerradas, son respuestas abiertas; las humanidades son para que nosotros podamos descubrirnos un poco más a nosotros mismos, para que podamos conocernos un poco mejor. No vamos a resolver grandes conflictos, a lo mejor conflictos menores, pero vamos a tener una gran ventaja, nos van a hacer la vida un poco más llevadera”.
Para superar este problema, apuntó el académico, tendría que haber una directriz “de las instancias que tienen una supervigilancia, que es una supervigilancia a veces muy exigente, que fuerza a las instituciones a encajar en moldes que no son acordes a su naturaleza misma. Eso se ha dado en los últimos años por la burocratización y estandarización que somete a todas las instituciones de educación. Desde las instituciones de educación secundaria, yo imagino que la básica también o inicial debe ser algo parecido, pero en las universidades eso es muy evidente”.
La utilidad
Además, agregó, “hay una cosa de contexto civilizatorio: nuestra civilización pone mucho énfasis en lo que es la utilidad, y la utilidad inmediata. Y la verdad es que las humanidades no funcionan con esa temporalidad tan instantánea. Tienen un proceso que es mucho más lento, y ellas no son útiles, pero sí son muy fructíferas desde el punto de vista humano. Las humanidades son para que cada uno de nosotros llevemos una vida más acorde con lo que somos en última instancia. Los sistemas educativos hoy en día están afanados en formar profesionales de acuerdo a un perfil de egreso, y ese perfil de egreso tiene que ver, por decirlo metafóricamente, como quien diseña un engranaje que sería el profesional competente para ensamblarlo en el mercado laboral. Y que puede ser a lo mejor muy eficiente, y que puede contribuir a la riqueza material, pero la riqueza material no necesariamente está en sintonía con la riqueza humana. Es más, en ciertas circunstancias pueden estar en abierto conflicto. Dicho de otro modo, quizá la riqueza material puede erosionar a la riqueza humana, y puede deteriorar algunos bienes culturales”.
Retroceso del mundo letrado
Por su parte, el decano de la Facultad de Humanidades y Educación, Pablo Aravena, se refirió a la relevancia de abordar este tema: “Las humanidades, creo que es evidente para todos, han tenido un retroceso, yo diría que en las últimas décadas. Un retroceso que quizás no es tan evidente. Yo creo que el avance de ciertas temáticas ha supuesto aquello. Y no obstante, el cultivo de las letras —que era lo que nosotros conocíamos por humanidades— ha retrocedido porque retrocede también el mundo letrado. Entonces yo diría que avanza el discurso, pero retrocede el mundo letrado, y hay que repensar si es que las humanidades pueden existir al margen de ese mundo letrado”.
En segundo lugar, destacó el tema abordado por el invitado Luis Oro: “La técnica proyectada al espacio universitario, léase alta burocratización como peldaño fundamental y previo a la neoliberalización del espacio universitario”.
Acotó el doctor Aravena: “Todos tienden a aceptar que las humanidades reportan ciertas —entre comillas, como hablan los economistas— externalidades positivas. Eso quiere decir que, como señala Luis, aportan a un buen vivir. El problema es que nadie está, digamos, dispuesto a financiarlas ni tampoco a hacerles el espacio de tiempo que implica dedicarse a ello. Porque si algo tienen las humanidades es que requieren cierta demora, no van al tiempo que va este mundo”.
En tal sentido, destacó el compromiso de la unidad académica que encabeza con esta materia: “La Facultad de Humanidades sigue siendo Facultad de Humanidades y Educación, y para nosotros es fundamental que la educación esté amarrada a las disciplinas porque no se puede practicar una enseñanza en vacío. No es el terreno de los métodos por los métodos, la didáctica por la didáctica. De hecho, en términos conceptuales no hay una didáctica si no es con y dentro de la disciplina”.
En la imagen al inicio, el decano Pablo Aravena (a la izquierda) junto al politólogo Luis Oro.



Nota: Lorena Ruiz / Fotos: Matías Salazar