Skip to main content

Beatriz Rodríguez Vega, psiquiatra: “Hay un hambre desorbitada por estar siempre en el placer. Y eso va en contra de la naturaleza de la vida”

19 enero 2026

Tras arribar el pasado jueves 15 a la Facultad de Ciencias Sociales de la UV, la reconocida psicoterapeuta española dictó una charla y dirigió un retiro de tres días sobre autocuidado y técnicas de reducción del estrés basados en mindfulness.

La forma en la que afrontamos el dolor nos abre o cierra las posibilidades de crecer y desarrollarnos como personas. Aceptarnos como seres humanos implica asumir esa realidad y tomar conciencia de nuestra permanente vulnerabilidad.

Como Quirón, el mítico centauro sabio y versado en las artes de la medicina, quien, al sentirse incapaz de sufrir eternamente los tormentos de una herida de flecha incurable, decidió renunciar a su inmortalidad. “Los dioses carecemos de esa fortaleza humana”, se cuenta que le dijo a su medio hermano Zeus cuando le pidió que lo convirtiera en mortal.

La fábula del sanador herido es una de las favoritas de la psiquiatra española Beatriz Rodríguez Vega, doctora en Medicina, académica e investigadora de la Universidad Autónoma de Madrid, exjefa de la sección de Psiquiatría de Enlace del Hospital Universitario La Paz de esa ciudad, que suele incluirla en los cursos sobre regulación emocional, superación de traumas y técnicas de reducción del estrés basados en mindfulness que imparte a profesionales de la salud, ámbito en el que paulatinamente se ha transformado en una referente de nivel internacional.

Por estos días, la doctora Rodríguez Vega se encuentra de visita en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Valparaíso, invitada por el Centro Espacio Mindfulness de la Escuela de Psicología de ese plantel, en alianza con la Fundación Vasca para la Investigación en Salud Mental, como resultado de la gestión realizada por los profesores Carlos Varas y Viviane Silva.

Desde su arribo a la UV el pasado jueves 15 de enero, la psicoterapeuta dictó la charla “No hay cuidado del otro sin el propio cuidado” y dirigió un retiro de tres días sobre los fundamentos del mindfulness en dependencias del Santuario de Lo Vásquez.

El próximo jueves 22, a partir de las 11:30 horas, participará en el seminario “Humanización en salud: mindfulness interpersonal”, encuentro que tendrá lugar en la sala 3.7 de la Facultad de Ciencias Sociales y que está dirigido a pacientes y sus familias, equipos interdisciplinarios y personal sanitario en general, con lo cual pondrá fin a sus actividades en esta casa de estudios.

De andar sereno y habla pausada, caracterizada por una voz meliflua, a ratos apenas audible, Beatriz sonríe como la Mona Lisa, proyectando tranquilidad y dulzura al mismo tiempo, pero también fuerza interior.

Su experiencia de casi cuatro décadas en unidades de cuidados intensivos, atendiendo pacientes con lesiones cerebrales o enfermedades neurodegenerativas, ha dejado huella en ella. No la oculta, por el contrario: la atesora y comparte. Ha llegado a comprender que la persona y la profesional que es hoy creció bajo la satisfacción y el desgaste que produce el cuidar de otros. Sus libros "Esto de ser humano" y “La clara luz”, son testimonios de aquello. Como Quirón, Beatriz Rodríguez Vega se reconoce una sanadora herida.

—En los últimos años, las terapias con foco en la aceptación de los pensamientos y las emociones complejas parecen haber cedido terreno frente a aquellas que apuestan por la integración y la flexibilidad psicológica, la atención plena y la compasión para lograr el crecimiento personal. ¿Lo ve así? ¿Cuál es a su juicio la razón de este fenómeno?

—Es verdad que ha habido un cambio en tal sentido, un giro de las terapias definidas como más cognitivas, más intelectualizadoras o más verbales hacia terapias que incluyen el cuerpo y la conciencia, que son las llamadas terapias de cuarta generación. ¿Por qué se ha producido esto? No tengo una respuesta clara. En mi caso, por ejemplo, este giro se dio para encontrarme yo misma de una forma muy práctica. He trabajado durante casi cuarenta años en un hospital general. El encontrarme en los años noventa ejerciendo en unidades de vigilancia intensiva con personas con patologías orgánicas me confrontó con las limitaciones de lo verbal, precisamente porque lo verbal muchas veces se queda solo en lo conceptual. No es ese el propósito ni la intención de la terapia verbal, pero a veces ocurre eso, porque desde lo cognitivo puedes estar tocando lo emocional y a veces desde lo emocional tocas lo cognitivo. Eso es lo que se llaman las terapias top-down o bottom-up, que tocan las dos partes. Entonces, tener que enfrentar esas limitaciones propias de las terapias lingüísticas basadas más en lo verbal, creo que fue lo que en parte gatilló ese giro o avance para que el campo de la conciencia a través del mindfulness y del trabajo corporal se abriera camino.

—En sus intervenciones usted suele sostener que el mindfulness posee tanto ventajas como limitaciones respecto de otras prácticas que buscan alcanzar la conciencia plena para encauzar las emociones, los dolores y darle un sentido a la vida, como el yoga y ciertos tipos de meditación derivadas del budismo, que gradualmente han sido adoptadas en Occidente. ¿Cuáles son esas ventajas y limitaciones?

—Uno de los problemas de la práctica del mindfulness es que pierde mucho del contexto en el que floreció, en Oriente. Ahora mismo hay toda una polémica sobre si el mindfulness, despojado de toda la sabiduría de su tradición original, es mindfulness de verdad. El mindfulness no puede desatenderse del hecho de que la vida es impermanente, que debemos aceptar la transición en la vida, que en ella hay insatisfacción y que el yo no es más que una construcción, como dice también la neurociencia: una alucinación controlada. Es decir, una percepción, un haz de percepciones. Todo eso lo ha dicho también la tradición budista y ahora lo dice la ciencia. Entonces, despojar de todo esto al mindfulness y dejarlo como una técnica es un error, porque no funciona de la misma manera.

—¿Esto implica un riesgo para su práctica?

—Aunque en principio no hay contraindicaciones, riesgo podría haber cuando su práctica no se ajuste. Si una persona está bajo una psicosis aguda, pues lo mejor para ella sería que en ese momento no se ponga a meditar. Lo mismo vale para quien tenga una adicción —alcoholismo o drogadicción— activa. Siendo así, es recomendable que esa persona no practique el mindfulness, que lo deje para más adelante. En otras palabras, a veces tienes que ajustar el programa a las condiciones de la persona en ese momento. En todo caso, el mindfulness es una habilidad natural que todos tenemos. No tiene contraindicaciones per se, si bien su práctica puede ser menos adecuada bajo ciertas circunstancias.

Ciencia, dolor y enfermedad

—Cada vez hay más profesionales de la salud y la educación que asumen la premisa “nadie cuida bien a otro si no es capaz de cuidarse bien a sí mismo primero” y, por tanto, hoy practican y promueven las bondades del mindfulness. Pero ese supuesto, que respalda la ciencia, existía antes de que se descubriera esta herramienta. ¿Se trata de una moda, como en décadas anteriores ocurrió con la meditación trascendental o el yoga?

—Esto ha sido así. En el mindfulness convergen otras tradiciones espirituales que apuntan a lo mismo. De hecho, la conciencia o atención plena —como tal— es descrita en el budismo. Pero esto no implica que el cristianismo o las culturas indígenas ignoren o no tengan una actitud contemplativa ante la vida. Fue John Kabat-Zinn, médico y meditador también, quien se dio cuenta de que lo que era beneficioso para él podía ser beneficioso para otros. Y dada su mentalidad científica, se puso a investigar al respecto, consciente de que en el lenguaje occidental la ciencia tiene más relevancia. Es decir, que todo lo que no puedas demostrar por datos empíricos tiende a ser desechado, cosa con la que no estoy de acuerdo, pero es así como pasa. Y él lo que hizo fue ponerse a investigar para convencer a la comunidad científica de que en la práctica del mindfulness había algo importante. Algo que, por otro lado, hace dos mil 500 años habían confirmado otros. Pero los humanos somos así. O sea, fue necesario que esta práctica pasara por el tamiz de la objetividad de la ciencia para ser aceptada.

—En el mindfulness, la necesidad de enfrentar y superar el dolor que expresan las personas es recurrente, casi un imperativo asociado a su práctica. A usted, como psiquiatra y especialista en esta herramienta, ¿qué le parece esto? ¿Tiene relación con el hecho de que en la cultura occidental hoy predomina el hedonismo, como resultado de un ideal de progreso cada vez más centrado en la corriente del posthumanismo: en la tecnología, la búsqueda de la satisfacción y la evasión del sufrimiento?

—Pienso que sí. Hay un hambre desorbitada por estar siempre en el placer. Y eso va en contra de la naturaleza de la vida, porque en la vida hay insatisfacción todos los días. Pensar así no es tener una visión pesimista, sino solo constatar que a diario podemos enfrentar situaciones placenteras y positivas, pero también otras que no lo son. Que perdamos el autobús y lleguemos tarde a una reunión de trabajo puede ser algo insatisfactorio, pero no un gran dolor. Pero en la actualidad mucha gente percibe las cosas así. Entonces, es positivo disponer de una práctica que te ayude a continuar con la naturaleza de la vida o no hacer un bypass, tomar un atajo, que es lo que en el fondo plantea esta pregunta; evitar distraerse con las redes sociales, con el alcohol, con las compras compulsivas o con tantas adicciones nuevas que han salido y que tienen el objetivo de que yo no conecte realmente con lo que es la esencia de la vida, que es movimiento todo el rato. O que me acepte como soy yo, porque también hay esto de “no logro ser feliz”, “no alcanzo los estándares que quiero” o “me piden acá o allá”. El problema es buscar todas esas cosas fuera y no dentro de uno mismo.

—En el fondo, dejar de asumir que lo que deseo es mi destino, como sostiene David Rieff, o como apuntó Ernst Jünger, aceptar que solo el dolor —además de la muerte— es lo único inmutable e ineludible en la vida y, por ello, aun cuando este tiene el poder de aturdirnos y desesperarnos, debemos aceptarlo por ser lo único que nos hace ser verdaderamente humanos?

—Efectivamente. En el budismo están los cinco recordatorios diarios que tienen que ver con eso, que nos recuerdan que nuestra naturaleza está en la muerte, en la enfermedad y en el dolor; y que lo más a lo que puedes aspirar es a encontrar esos momentos con serenidad, que puedas abrazar esos momentos y vivirlos hasta lo que sea.

—En ese entendido, ¿usted haría una invitación a las personas a que más que intentar evadir el dolor lo acepten como esencia de lo que son, para que a través de él logren conectarse con su yo interior?

—Yo creo que no solo desde el dolor, sino desde la naturaleza de la vida, que está llena de dolor y llena de placer y de bienestar también. O sea, les diría a las personas que trabajen desde lo que realmente es la vida, que no se inventen una vida que no es la existente, porque eso nos lleva a la desatención y luego —y sucesivamente— a la desconexión, a la desregulación, al desorden, al desequilibrio y, finalmente, a la enfermedad.

Nota: Gonzalo Battocchio