Skip to main content

Biólogos marinos finalizaron programa de conservación de rayas costeras con la liberación de los últimos cuatro ejemplares en Montemar

30 enero 2026

La actividad, organizada por el Laboratorio de Biología y Conservación de Condrictios, Chondrolab de la Escuela de Biología Marin UV, incluyó una charla educativa sobre conservación marina.

Con la liberación de las últimas cuatro rayas costeras de cola corta (Sympterygia brevicaudata) en la zona protegida de Montemar, la Universidad de Valparaíso dio cierre a un proceso científico y educativo desarrollado por el Laboratorio de Biología y Conservación de Condrictios, Chondrolab, de la Escuela de Biología Marina. La actividad, realizada la mañana del viernes 30 de enero, convocó a adultos, niñas y niños, y permitió culminar un programa que devolvió al mar un total de 86 ejemplares nacidos en laboratorio, los cuales fueron liberados en distintas etapas cuando alcanzaron entre dos y tres semanas de vida, en su hábitat natural.

Los codirectores de Chondrolab, la doctora Ana Guzmán-Castellanos y el doctor Francisco Concha, ambos académicos e investigadores de la Escuela de Biología Marina de la  Universidad de Valparaíso, destacaron que durante 2025 han logrado liberar más de un centenar de rayas. En esta última jornada, se liberaron los ejemplares más recientes eclosionados en los acuarios de la Facultad de Ciencias del Mar y de Recursos Naturales. Explicaron que las cápsulas ovígeras eclosionan en distintos momentos a lo largo del año, ya que el desarrollo embrionario de estas especies se extiende por un período de entre ocho y nueve meses.

Rol ecológico fundamental

“Si bien las liberaciones no suelen ser abiertas al público, en determinadas ocasiones se invita a niñas y niños desde los cuatro años de edad, con el objetivo de generar conciencia sobre los condrictios —rayas, tiburones y quimeras— que habitan los mares chilenos”, señaló la profesora Guzmán.  Y añadió: “Se trata de especies de tamaño pequeño, pero con un rol ecológico fundamental que muchas veces es desconocido. En esta oportunidad, visitantes de la caleta Montemar pudieron presenciar la liberación y participar de una jornada que integró investigación científica, divulgación, educación ambiental y concientización”.

La liberación en el mar estuvo a cargo del propio doctor Concha, junto a Josefa Rojas, Alejandra León e Ignacio Nanjarí, estudiantes de pregrado de la Escuela de Biología Marina, quienes ingresaron al agua con equipo de buceo para reinsertar a las rayas en un bosque de algas ubicado a varios metros de la orilla, en una poza del área protegida de Montemar.

La doctora Ana Guzmán-Castellanos explicó que las rayas liberadas provienen de cápsulas varadas que llegaron al laboratorio durante 2025 y que lograron eclosionar con un alto nivel de éxito. “El año pasado recibimos cerca de 120 cápsulas y obtuvimos un muy buen resultado, con el nacimiento de 86 rayas. Fueron liberadas en distintas etapas, y esta corresponde a la última liberación. No pueden permanecer más tiempo en el laboratorio, porque son animales con habilidades de depredación que deben desarrollarse en su ambiente natural, que es el mar”, señaló.

Detalló además que una vez que nacen, las rayas permanecen en el laboratorio entre uno y dos meses antes de ser liberadas, período en el que se monitorea su desarrollo inicial.

Zona clave para la conservación

La investigadora subrayó la relevancia de este trabajo para la conservación de las especies. “Montemar es una zona clave para rayas y tiburones, porque aquí las hembras depositan sus cápsulas. Muchas de ellas varan por efecto de las corrientes, y si no se recuperan, se pierden. Al devolverlas al mar, contribuimos directamente a mantener sus poblaciones”, afirmó.

En ese contexto, destacó que Montemar es una zona privilegiada para el estudio y la conservación de los condrictios. “Gracias al trabajo sostenido de estudiantes y tesistas, hemos identificado que este sector, asociado a un bosque de huiro palo (Lessonia trabeculata), es un sitio clave de reproducción: en la playa sur, las hembras de raya depositan sus cápsulas, mientras que en sectores cercanos a la lobera los tiburones pinta roja (Schroederichthys chilensis) también utilizan este espacio para ovipositar. Por eso es fundamental devolver las cápsulas al mar, ya que las que llegan al laboratorio han varado tras ser arrastradas por las corrientes. En este caso, hablamos de 86 huevos que no habrían tenido oportunidad de desarrollarse”, sostuvo.

Añadió que el trabajo del laboratorio no se limita al cuidado y estudio de los ejemplares que nacen en cautiverio. “Nuestro objetivo central es la conservación: identificar las especies, determinar su sexo, acompañar su crecimiento inicial y, sobre todo, devolverlos al mar para que puedan desarrollarse en su ambiente natural, reproducirse y contribuir a la mantención de sus poblaciones”.

Previo a la liberación, la académica ofreció una charla educativa dirigida a público general y presentó una muestra científica que incluyó mandíbulas y esqueletos de tiburones y rayas, cápsulas varadas, algas y diversas especies marinas que habitan la zona de Montemar. El espacio permitió a las y los asistentes observar, tocar y formular preguntas, generando un aprendizaje cercano y significativo.

“Este tipo de experiencias tiene un impacto profundo, especialmente en niños y niñas. Ver a los animales, conocer su historia y entender por qué debemos cuidarlos crea una conciencia que perdura en el tiempo”, enfatizó la investigadora.

Espacio protegido

Pese a su alto valor ecológico, el sector de Montemar ha recibido este año una creciente afluencia de bañistas que, en muchos casos, desconocen que se trata de una zona protegida, fundamental para la reproducción de especies marinas y la anidación de aves costeras. Frente a esta situación, la académica hizo un llamado a informarse y visitar el lugar de manera responsable.

“Montemar es un espacio privilegiado que históricamente ha sido respetado por la comunidad pesquera local, que desarrolla su actividad sin intervenir el hábitat. No es una playa habilitada para el turismo: no cuenta con baños ni basureros y, además, alberga una alta diversidad de aves. En los últimos años hemos vuelto a registrar la anidación de pelícanos, pilpilenes, gaviotines y gaviotas, que utilizan la arena para incubar sus huevos. Cuando las personas o sus mascotas ingresan a estas zonas, muchas veces sin saberlo, pisan los nidos y los huevos no logran eclosionar”, explicó.

Agregó que el comportamiento de las aves entrega señales claras a los visitantes. “El ruido que emiten es una forma de ahuyentarnos y proteger su espacio. Por eso es tan importante respetar los límites, no retirar la señalética, no dejar basura y evitar transitar por las áreas delimitadas. Desde la Universidad de Valparaíso, junto a pescadores y organizaciones como Ecomar, realizamos un trabajo permanente de información y delimitación, pero la protección de este lugar depende en gran medida de la conciencia y el compromiso de quienes lo visitan”.

Experiencia imborrable

Los asistentes valoraron ampliamente la actividad y coincidieron en la necesidad de proteger los ecosistemas del sector. Johana Maira, quien asistió junto a su familia, destacó que “es una experiencia muy bonita, sobre todo para los niños, porque aprenden desde pequeños a cuidar los recursos naturales y toman conciencia de la importancia de la conservación”.

En la misma línea, la psicóloga Jessica Ortega señaló que “ver, tocar y observar estas especies genera una memoria imborrable tanto en niños como en adultos, y nos abre una mirada distinta sobre el cuidado del mar”.

Desde La Serena, los visitantes Ramón Gálvez, Humberto Orrego y Kadur Flores, exfuncionarios del Observatorio Astronómico Cerro Tololo y del Telescopio Gemini Sur, relevaron el valor de la divulgación científica que realiza la Universidad de Valparaíso. “Nunca habíamos visto una actividad así en el mar. Es un trabajo hermoso, que acerca la ciencia a las personas y fomenta el respeto por la vida marina. La divulgación científica, especialmente dirigida a niños y niñas, es fundamental, porque son ellos quienes construirán una relación más consciente con el entorno. Así como ocurre con la astronomía y las estrellas, acercar el conocimiento del mar a las nuevas generaciones despierta curiosidad, respeto y una verdadera conciencia ecológica”.

Nota: Pamela Simonetti