David Lehmann: “En las ciencias sociales siempre ha habido activismo militante, pero esta postura llegó a excesos”
El destacado cientista social, exdirector del Centro de Estudios Latinoamericanos y profesor emérito de la Universidad de Cambridge visitó la Universidad de Valparaíso para inaugurar el programa de Magíster en Sociología: Estructuras y Transformaciones Contemporáneas.
Los partidarios de las teorías de la decolonialidad y del universalismo occidental mantienen una añeja relación de confrontación crítica directa. Esta disputa se ha vuelto particular y abiertamente hostil, por no decir irreconciliable, en las esferas académicas latinoamericanas proclives a los postulados que propugnan y defienden el desmantelamiento de las jerarquías de conocimiento o poder de origen europeo, como imposición del capitalismo, el liberalismo y la modernidad, para permitir así otras formas de existencia y saberes originarios.
Hace casi un lustro, el cientista social inglés David Lehmann decidió cuestionar con firmeza tal brecha con la publicación de “Después de lo decolonial: etnia, género y justicia social en América Latina”, libro incómodo en el que plantea que, a diferencia de la teoría que enfatiza la separación radical, en la práctica los movimientos indígenas y afrodescendientes suelen buscar la inclusión democrática y el acceso a derechos ciudadanos comunes.
A través de ejemplos extraídos de sus estadas y trabajos en Brasil, México y Bolivia, el profesor emérito de la Universidad de Cambridge demostró cómo algunas políticas de acción afirmativa y educación intercultural terminan fortaleciendo las instituciones universales, desacreditando con ello la noción del racismo epistémico y enunciando, entre otras cosas, que los saberes tradicionales y la ciencia moderna no son opuestos incompatibles sino formas distintas de comprender la realidad. De igual modo, en sus líneas sostiene que la mezcla cultural, la religión y la hibridez son elementos centrales que desafían las divisiones étnicas rígidas propuestas por el pensamiento decolonial radical.
Desde entonces, sus críticos —que no son pocos— lo acusan de querer simplificar los efectos de la modernidad y las identidades de los pueblos originarios, al presentarlas como homogéneas y ancladas únicamente en la resistencia, junto con negar el carácter históricamente objetivo del racismo y de definir lo indígena como algo fluido y cambiante, contribuyendo así a desacreditar la movilización política en la región.
A sus 82 años, este investigador impenitente devenido en etnógrafo —parte sociólogo, parte antropólogo, como a él mismo le gusta presentarse— no se inmuta frente a ese tipo de comentarios. Por el contrario, trata de absorberlos con mente abierta cuando son esgrimidos al calor de debates intelectuales y científicos honestos. Es decir, desprovistos de descalificaciones y, sobre todo, de compromisos políticos y férreo activismo militante.
Así lo dejó en claro al inaugurar el Magíster en Sociología: Estructuras y Transformaciones Contemporáneas que la Escuela de Sociología de la Universidad de Valparaíso comenzó a dictar el pasado sábado 18 de abril, durante un encuentro que congregó a estudiantes, docentes y profesionales de diversas disciplinas interesados en escucharlo.
“En las ciencias sociales siempre ha habido activismo militante, pero esta postura llegó a excesos. Es algo preocupante. El sesgo existe, pero de esto no se puede hacer un valor”, disparó a poco de iniciar la conferencia que dictó en la ocasión.
Polémica congelada
Invitado por la directora de ese nuevo programa de postgrado, la académica e investigadora Alejandra Ramm, quien fue su pupila en el Doctorado en Sociología que cursó hace unos años en Cambridge, a lo largo de su exposición Lehmann abordó lo decolonial en Latinoamérica con la clara intención de romper el cerco de las polémicas congeladas que en su opinión han levantado los partidarios de esta teoría.
En este ejercicio, sin embargo, se movió con prudencia. Escogió con cuidado sus palabras. También sus pausas y silencios. Sabe que pisa terreno minado. Sabe también que no es del todo inocente. No se olvida y reconoce, con un esbozo de sonrisa, que siendo parte de una generación universitaria que se formó en el apogeo de la Guerra Fría adscribió a los ideales del movimiento iniciado en mayo de 1968 en París, aun cuando hoy —en retrospectiva— considere esa adhesión como “un pecado de juventud”.
También que por esa misma fecha, como alumno de Oxford, inició sus estudios sobre la realidad latinoamericana precisamente en Chile, donde se empapó de la reforma agraria, visitó asentamientos en diferentes partes del Valle Central y zonas mapuches del sur. Más tarde, en Ecuador, se familiarizó con la economía campesina, dando inició así a una serie de interesantes investigaciones y publicaciones sobre el desarrollo agrícola en el continente, que a lo largo de dos décadas lo llevarían a visitar una veintena de países.
Este periplo le aportó valioso conocimiento histórico y una rica experiencia de campo, lo que sumado a trabajos posteriores en ciencias de la religión, multiculturalismo e interculturalidad le permitió alejarse de las visiones estereotipadas que, a su modo de ver, comenzaron a dominar, se enquistaron con fuerza y todavía persisten en el discurso de las ciencias sociales en América Latina, en particular en la sociología.
“Puede ser que esto se deba a que en las ciencias sociales no se enseña ni se aprende bastante historia. Esto es importante para el análisis y la actividad científica en estas disciplinas, porque el aula no es para realizar propaganda. Si algo nos enseñan y aportan la ciencia y el liberalismo como elementos centrales de la modernidad, en cuanto valores universales y de la lucha por el espíritu, es a debatir con quien piensa distinto, a conocer sus ideas, a no descalificarlo ni apartarlo. Lo decolonial denuncia a la modernidad por querer negar al otro y, por tanto, la rechaza y con ello a lo universal. Pero lo cierto es que fue en la modernidad donde surgió el concepto del otro y la necesidad de reconocerlo, y también los derechos humanos”, apuntó.
¿Retorno a lo universal?
Para el profesor Lehmann, muchos de los movimientos indígenas del continente americano desempeñan un papel fundamental en los procesos actuales de democratización, al actuar como una fuerza que impulsa cambios tanto dentro como fuera de sus propias comunidades. En tal sentido, durante su conferencia argumentó que aunque las políticas de estos grupos a menudo se centran en identidades particulares, paradójicamente estas contribuyen a la realización del universalismo.
Según el exdirector del Centro de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Cambridge, este fenómeno ocurre mediante la promoción de la redistribución material y el impulso de procesos de democratización en sistemas políticos que se encuentran limitados o estancados.
Pese a exponer con convicción sus planteamientos, Lehmann escoge no ser tajante a la hora de enfrentar los requerimientos de quienes le preguntan si con ello está proponiendo el retorno a lo universal.
“Sin exagerar, respecto de esto es claro que hay una discusión. Hay una discrepancia en torno a la idea de que las tradiciones liberales, y por cierto también las marxistas, puedan ser universales. Los teóricos decolonialistas creen que ellas han servido para someter a los pueblos originarios víctimas del colonialismo y del colonialismo contemporáneo en sus formas modernas. Bueno, sí, uno podría decir que han contribuido a someterlos. Pero no por ello se puede afirmar sin más que las ideas universalistas son cómplices de ese sometimiento y de la exclusión. Lo cierto es que no sé a qué extremo quieren hacer llegar su discrepancia con lo universal. Creo que eso varía porque ellos mismos dependen de las libertades civiles, políticas y de los derechos humanos. Y los derechos humanos han sido extendidos a los pueblos originarios en varias instancias y declaraciones internacionales y, claro, en la literatura académica. Así que a veces la retórica excede el real propósito de estas cuestiones”, enfatizó.
El cientista social e investigador inglés arguye que este fenómeno se puede explicar, hasta cierto punto, por la evolución de la tendencia disidente surgida en el mayo de 1968 en las ciencias sociales, en especial en la sociología, disciplina que —asegura— desde entonces se ha ido institucionalizado como cultura disidente.
“Encontrar un sociólogo de derecha es muy difícil. En general, el mundo académico permite a grupos ideológicos o de otro tipo formar subsistemas: de seminarios, de congresos, de cursos. Y ahí comienzan a surgir pequeños nichos de pensamiento que son diversos. Hay de derecha, hay de izquierda, hay de indigenista, de afrodescendientes y de liberales. Lo que hasta cierto punto resulta curioso es que en las ciencias sociales no hay grupos muy conservadores. A lo mejor es porque quienes los integran optan más por la ciencia política y la economía. No lo sé. Simplemente, así son las cosas”, puntualizó el profesor emérito de la Universidad de Cambridge.


Nota: Gonzalo Battocchio